Una famosa novela de Honorato de Balzac, termina con una expresión significativa del protagonista principal: “À nous deux, Paris” (“París…, tú y yo, ahora”).
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Quisiera en este breve texto pensar que, de alguna manera, el oficio del historiador profesional sitúa a quien lo ejerce, frente a un lugar, un país, un mundo, al que nos enfrentamos en una relación tensa, para entenderlos, y después, en la medida de lo posible, para dejar una huella que valga la pena.
En esta tesitura, quisiera recordar a tres historiadores que ya fallecieron hace unos años. El primero es Miguel León Portilla.
Empiezo con una anécdota de sus años mozos cuando, al visitar a su maestro universitario, el padre Ángel María Garibay, le dijo que le interesaba especializarse en la Historia prehispánica nacional.
El maestro le respondió con una pregunta: ¿Hablas náhuatl? El joven le dijo que no, y entonces se rió el maestro. ¿Cómo vas a estudiar el mundo prehispánico sin el náhuatl? Es como si quisieras estudiar Historia Antigua de Grecia sin saber griego antiguo.
La consciencia de su ignorancia fue el punto de partida de un camino universitario que lo llevó al culmen de las palmas académicas. Defendió la tesis doctoral acerca de la Filosofía náhuatl. Demostró que por medio del lenguaje, poético en gran parte, el México antiguo elaboró, enseñó y transmitió una rica cosmovisión y sabiduría.
Hoy en día, Miguel León-Portilla es el único historiador, que yo conozca, reconocido como “Escritor
legendario” por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.
Tuve el gusto de cruzarme en una sola ocasión con este afamado historiador en un pasillo del el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. “Caminaba lento”, como dice la canción, y lo único que se me ocurrió decirle fue que admiraba su obra.
En mis años universitarios, oí cómo, un estudiante francés de la Sorbona, elogiaba a León-Portilla. Afirmaba que nuestro compatriota había logrado mostrar que los sacrificios humanos, voluntarios en gran parte, en Tenochtitlan, eran parte de una visión del mundo en la cual la vida humana y la del cosmos están entrelazadas y dependen la una de la otra. Aprovechable enseñanza de cuidado del medio ambiente.
El segundo historiador es Silvio Zavala. Sucesor de Daniel Cosío Villegas al frente del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México, también fue el Director del Museo Nacional de Historia en el Castillo de Chapultepec y Embajador de México en Francia.
Su tesis doctoral terminada durante la segunda guerra mundial en Bordeaux, Francia, entre otros trabajos, lo llevaron a subrayar la manera en la que Vasco de Quiroga, como obispo de Michoacán, con sede en Patzcuaro y prelado del Pueblo de Santa Fe en la Ciudad de México, procuró dignificar el trabajo manual de los indígenas en comunidades especializadas de oficios manuales (madera, tela, etc).
Hoy en día, por sorprendente que parezca, su memoria perdura como un tesoro entre los sencillos trabajadores de Michoacán. Zavala afirmaba que este eminente jurista y obispo se inspiró del humanista y santo, Thomas More (Tomás Moro) y de su libro, Utopía.
No es coincidencia que la UNESCO haya establecido en 1951, su primer Centro Internacional de Educación Básica para América Latina (CREFAL), cerca de las orillas del Lago de Janitzio. Segunda lección, la historia nacional siempre es internacional, y viceversa.
Finalmente, quisiera recordar la obra de Edmundo O’Gorman. ¿Por qué terminar con él? Respondo. Su obra tan rica en para la disciplina de la Historia es también una reflexión sobre lo que le da validez, es decir su historiografía y su teoría.

Su libro, México, el trauma de su historia, señala que una de las grandes debilidades de México es una especie de “guerra civil ideológica” iniciada desde tiempos de joven nación independiente, en la cual liberales y conservadores, en un afán de construir la nación, lograron exactamente lo contrario.
Oponer dicotómicamente los dos proyectos de nación en dos cuentos de hadas en los cuales, ellos, los opositores, son los malos y, nosotros, los buenos, nos hizo más daño que cualquier secesión o intervención extranjera.
Además, su teoría, apoyada en la mejor filosofía contemporánea, es remedio eficaz contra los fanatismos políticos que nos azotan con su mercadotecnia por todas partes.
Después de rebasar la media vida, me enorgullece ser historiador en la estela de ejemplos tan gigantescos. Espero, con la ayuda de Dios, que mi huella en esta disciplina sea como semillas de árboles altos, donde los más jóvenes puedan treparse para ver, con más esperanza, un horizonte mejor.
Texto: Marcio Orozco. Historiador (Universidad Panamericana/UNAM/Sorbona).
