No hace mucho tiempo la ciencia ha comprobado que llevamos otro cerebro en el estómago. El pueblo mexicano, sin embargo, bien lo sabe desde hace tiempo: en la panza nos caben las vísceras, los pensamientos y una sucursal del corazón.
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Si alguien lo duda, que eche un vistazo a los periódicos para leer las notas o a los elocuentes memes de las redes sociales, porque cuando un extraño se atreve a despreciar el alimento de este suelo se convierte ipso facto en conocidísimo enemigo.
Resulta sencillo diluir la amargura de la realidad después de morder un taco de pastor. Hemos hallado el modo de remojar nuestras penas en agua de jamaica. Una rica jericalla nos fortalece el espíritu.

En fin, las delicias mexicanas nos reconcilian con el mundo y, si residimos lejos del terruño, tanto añoramos este o aquel platillo que nos juramos volver, y volver y volver, para saborearlo de nuevo, hasta el hartazgo si es posible. Y si queda tiempo, claro, visitamos a la familia.
La grasa del chovinismo gastronómico nos tapa la arteria del sano juicio cuando, por ejemplo, un par de sujetos y una chica, hijos de michoacanos que se han hecho populares cantando música regional declaran que prefieren la comida de su tierra, el estado de Washington (tengo entendido que allá no escasean, por cierto, los restaurantes mexicanos).
Miles de férreos defensores del orgullo nacional los avasallaron con insultos hasta por debajo de sus despistados paladares. Su mala fama cundió. Poco a poco, a fuerza de cumbias, corridos tumbados y cucharaditas de olvido quizás en la prole de Cuauhtémoc los iremos borrando de la lista negra.
Llevamos la cocina en la sangre, porque bocado a bocado este país ha sabido seducirnos, o reconquistarnos si nos ha perdido. Tal vez por eso defendemos la sabiduría de nuestro paladar como perros.

Reconozco que yo también me indigné en el pasado: no podía creer que una cubana hablara pestes del agua de horchata, el nacarado elíxir. Un comentario negativo acerca de la carne en su jugo o el birote salado me arrebataba el apetito por dos horas. El ego culinario del alma mexicana es tan robusto como frágil.
Que saqueen y envenenen nuestras tierras las mineras canadienses, adelante. Que administren ventajosamente banqueros españoles el dinerito que ganamos, ni quién diga nada.
Que las voraces trasnacionales nos orillen al consumo compulsivo, ¿cuál es el problema?, si para eso trabajamos. Pero que a nuestra gastronomía los extranjeros ni la toquen, como no sea para masticarla, tragarla de buen modo y sentirse bendecidos.
[…] Con los tacos no se metan […]
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