Recuerdo como una breve narración de Borges. Estaba el maestro impartiendo una lección, dando una clase. Había hablado durante más de quince minutos, y, de repente, calló.
-¡Pero, qué les pasa! No dicen nada. No preguntan nada. ¿Lo entienden todo? ¿Están pintados/de adorno? ¿No tienen pensamiento propio?
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Quizá a la misma actitud de pasividad de incautos e ingenuos, que aprovechan los tiranos, se refería la banda Pink Floyd en su famosa canción “Another Brick in the Wall”, invitando a una actitud de rebelión.
Al contrario de lo que sugiere el título de este artículo, alabo la educación. Esta semana empecé a impartir clases en la universidad. Suelo presentarme con una anécdota chusca, como por ejemplo, haber llegado tarde a mi examen de grado de maestría por un chubasco que hizo desbordar un canal de agua y desordenó mi ciudad más de lo habitual. Más precisamente, llegué cuando el jurado había pospuesto la fecha del examen. Terminé el relato y llegó el turno de mis alumnas y alumnos.
Una alumna hizo un brinco en el aire a manera de “fun fact”. Otra mencionó que era hija única, pero que tenía seis hermanos. Otro dijo que le gustaba “echar un humito al viento” y bromée, invitándolo a formar parte de un colectivo en defensa de los fumadores de tabaco. Luego les di la tarea diaria. Leer por placer, sin conexión con sus carreras. Por ejemplo, una novela de su elección, un poemario, etc.
Luego leí el párrafo inicial de Frankenstein, de Mary Shelly con el mejor acento británico que pude, porque me había emocionado la pluma maravillosa de la autora, un día antes, al empezar a leer el libro.
Imparto clases de Historia de la cultura intelectual de Occidente y un curso introductorio a la Teología católica. Sin embargo, la tarea de mis alumnos es invariable, sus quince o veinte páginas para cada sesión. Es una práctica que adopté desde que escuché a un alumno de primer año decirme que nunca había leído una novela.
También quiero mencionar tres ideas que un viejo amigo filósofo y pedagogo sinaloense, Javier Choza,
me enseñó hace muchos años y que ahora me parecen evidentes: en la pedagogía, no hay dogmas; el que no arriesga, no gana; lo más importante sucede en el aula, no fuera de ella. Me han servido mucho.
Doy gracias a Dios por el regalo de ser maestro. Cada clase me hace más feliz y los alumnos se contagian de este virus o bacteria. Termino con una idea y práctica que he aprendido, a veces, a golpes. La exigencia académica es un medio, no el fin. Quizá alguno me dirá que soy laxo. Ya no me importa. Lo importante es que la alumna o el alumno aprendan mucho. Y eso sólo se puede lograr si ven a su profesor apasionado.
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