Cada vez parece que queremos saber menos de política, aunque tenemos más razones para quejarnos de sus consecuencias. Nos molesta el agua que no llega, la inseguridad, las calles destruidas y la indiferencia de las autoridades. Sin embargo, cuando toca informarnos, organizarnos o dar seguimiento a una decisión pública, suele aparecer una frase conocida: “todos son iguales”.
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El problema no es únicamente la falta de interés. También existe cansancio. Muchas personas han participado, confiado y esperado para encontrarse con promesas incumplidas, discursos reciclados y partidos que cambian de aliados con mayor facilidad que de prácticas. La desconfianza tiene antecedentes y no puede atribuirse simplemente a la flojera ciudadana. Lo preocupante es que ese desencanto termine convertido en renuncia.
Aristóteles entendía al ser humano como un animal político: nuestra vida se desarrolla en comunidad y requiere acuerdos sobre lo justo y lo conveniente. Desde esa perspectiva, la política no se limita a las campañas o a los partidos; también está presente en las condiciones que permiten vivir juntos. Aunque dejemos de discutirla, sus decisiones siguen entrando a nuestra casa.
Tocqueville advirtió sobre el riesgo de que los ciudadanos se encerraran en sus asuntos privados y dejaran los problemas comunes en manos de otros. Su reflexión sigue siendo pertinente: cuando la sociedad se retira, el poder encuentra menos obstáculos para decidir sin escuchar. La comodidad de desentenderse puede terminar costando más que el esfuerzo de involucrarse.
Participar no significa necesariamente militar en un partido, defender funcionarios o convertir cada comida familiar en una discusión electoral. Puede comenzar con acciones concretas: identificar quién decide sobre un servicio, revisar qué prometió, preguntar en qué se gastó el presupuesto, asistir a reuniones vecinales, presentar solicitudes de información y organizarse con otros ciudadanos para exigir respuestas y dar seguimiento a los compromisos.
Las redes sociales facilitan expresar el enojo, pero también pueden producir la sensación de haber cumplido después de compartir una denuncia. La indignación importa; sin embargo, necesita continuidad para convertirse en vigilancia ciudadana. Un comentario difícilmente sustituye la investigación, la organización y el seguimiento de un problema.
La responsabilidad también corresponde a los partidos y a las autoridades. No pueden buscar a los ciudadanos únicamente cuando necesitan votos y después sorprenderse por su alejamiento. Escuchar implica abrir espacios de participación reales, transparentar las decisiones y demostrar que las demandas ciudadanas pueden producir cambios visibles.
Quejarse es legítimo, incluso para quien no participa activamente. Los derechos no dependen de cuántas reuniones vecinales atienda una persona. Pero debemos reconocer una contradicción: queremos mejores decisiones públicas mientras dejamos que otros las tomen solos.
La apatía puede explicarse, pero no debe convertirse en costumbre. Si la ciudadanía abandona el espacio público, ese espacio queda disponible para quienes sí tienen interés en ocuparlo, muchas veces para su propio beneficio. Por eso, quejarse no basta: exigir una vida pública más justa también implica informarse, organizarse y participar.