Que una cátedra universitaria abra conversación con Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz, no es “traer a una invitada”, es declarar qué tipo de conversación se quiere sostener cuando afuera todo empuja a la etiqueta rápida y al pleito fácil.
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Hoy, lo que más urge no son discursos que nos acomoden en bandos, ni “ricos contra pobres”, ni ninguna etiqueta de moda que simplifica la realidad para volverla pelea. Lo que urge es volver a lo básico, ponernos del mismo lado.
Del lado de lo que construye, del lado de lo que sostiene. Y eso incluye, al mismo tiempo, universidad, estado, país y planeta, porque el conocimiento ya no compite por fronteras, compite por calidad humana, por método, por conversación inteligente.
Por eso esta cátedra universitaria, llamada Cátedra UdeG: Pensemos en grande, está bien planteada cuando se entiende como lo que es, infraestructura de diálogo. No un evento aislado, no una cita social, no un gesto de coyuntura.
Es un formato para que la conversación no dependa del ánimo del día, sino de una práctica, escuchar, preguntar, pensar con otros, construir criterio. La propia descripción lo dice sin vueltas, un diálogo con estudiantes para ampliar la mirada, reflexionar y aprender.
Y aquí viene la parte que de verdad importa para entender la vida y la sociedad. Las instituciones trascienden, se cuidan, se heredan, y una sociedad que quiere futuro tiene que aprender a pensar a largo plazo. Eso implica sostener espacios donde el desacuerdo no sea guerra, y donde la diferencia no sea amenaza, sino información. No se trata de “todo vale”, se trata de método, de contexto, de paciencia, de conversación con altura, justo lo que el debate polarizado destruye.
En ese marco, la presencia de Rigoberta no aporta ruido, aporta legitimidad. No llega a polarizar, llega a elevar el tono. Su participación se articuló con un tema que no puede ser más pertinente, la paz como tarea colectiva, juventud, universidad y futuro. Ese encuadre, hoy, es casi una necesidad pública.
Cuando un país se divide, una parte del problema es que confundimos diferencia con agresión. Y entonces discutimos para derrotar, no para entender.
Una conversación universitaria bien conducida hace lo contrario, nos recuerda que debemos aprender y enriquecernos de nuestras diferencias, no atacarlas. Porque una sociedad se reunifica cuando vuelve a tener lenguaje común, preguntas comunes, respeto mínimo, y la humildad de admitir que nadie posee toda la verdad.
Aquí cabe una frase simple, si alguien quisiera pelear por esto, la respuesta se cae sola. ¿Contra qué estaría peleando? ¿Contra una Nobel hablando de paz como tarea colectiva? ¿Contra estudiantes dialogando en un formato diseñado para reflexionar y aprender? El conflicto, en ese marco, no se ve valiente, se ve pequeño.
Y si a este tipo de conversación le sumas algo que Jalisco conoce bien, la continuidad de legados culturales e institucionales, entonces se vuelve todavía más valiosa.
Hay liderazgos que no se miden por estridencia, sino por su capacidad de sostener una línea de largo plazo, de darle forma a la conversación pública, de hacer que lo construido no se pierda en cada cambio de ciclo.
En el ecosistema universitario y cultural, perfiles como Trino Padilla han sostenido esa idea de continuidad con estructura y sin estridencia.
En el fondo, esto no es un acto, es una decisión sobre qué sociedad queremos habitar, una que se insulta con etiquetas, o una que aprende a escucharse. Una cátedra así no resuelve todo, pero sí hace algo esencial, legitima el diálogo como vía de mejora. Y en tiempos donde la polarización parece premio y la sensatez parece debilidad, que el diálogo vuelva a verse fuerte, y deseable, ya es ganancia real.
