El año pasado escribí sobre Enrique Ibarra con una idea sencilla, pero exigente, reconocer una carrera pública cuando está hecha de oficio y no de espectáculo. En esa columna lo planteé desde un ángulo que hoy cobra más sentido, que su ruta no se entiende solo por cargos, sino por una acumulación de experiencia institucional, de negociación, de gobernabilidad, de lectura del Estado, y por una forma de ejercer el poder sin el vicio del protagonismo.
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Por eso me dio gusto ver, ahora, su nombramiento como presidente de El Colegio de Jalisco para el periodo 2026–2031. Lo digo como homenaje, no como adorno, porque a veces la vida pública sí tiene momentos de coronación silenciosa, cuando una trayectoria se coloca, por fin, en el lugar donde su mejor versión puede convertirse en legado.
Vale la pena explicar brevemente qué es El Colegio de Jalisco, porque no es un club social. Es una institución académica dedicada a investigar, formar, y producir conocimiento, particularmente en ciencias sociales y humanidades, con vocación de análisis público serio sobre los problemas del estado y del país.En un entorno donde la conversación pública se acelera y se simplifica, este tipo de instituciones funcionan como memoria, como método, como paciencia.
Ahí es donde el perfil de Enrique Ibarra hace sentido. Porque la presidencia de un Colegio no se trata de “mandar”, se trata de orientar, de abrir agenda, de cuidar pluralidad, de convocar investigación útil, de sostener estándares, y de lograr que el conocimiento no se quede encerrado en sí mismo. Las notas sobre su llegada subrayan justamente esa intención, fortalecer investigación, docencia, y vinculación con el entorno social.
Entre aquella columna y este nombramiento hay más que tiempo, hay una continuidad. A veces uno escribe para fijar una intuición institucional, para dejar constancia de que ciertas biografías sí importan cuando se vuelven útiles para algo más grande que la coyuntura. Y meses después, ver esa trayectoria instalarse en la academia, en una presidencia que exige cabeza fría y sentido de Estado, me parece una buena noticia.
No porque la política deba canonizar a sus figuras, sino porque Jalisco necesita más puentes entre experiencia pública y pensamiento serio. Y en ese cruce, me da gusto decirlo con claridad, creo que Enrique Ibarra hará un gran papel.
