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El 8M también se explica desde lo que vivimos

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Cada 8 de marzo vuelven las preguntas de siempre. Que por qué se marcha. Que por qué se alza la voz. Que por qué sigue siendo necesaria una fecha para hablar de desigualdad, exclusión y violencia.

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La respuesta no está sólo en las grandes cifras ni en los casos que alcanzan titulares. También está en escenas concretas, íntimas, aparentemente pequeñas, que marcaron a muchas mujeres y que ayudan a entender por qué el 8M no es una celebración, sino una conmemoración ligada a la lucha por los derechos y la igualdad.

Yo tengo muchas escenas grabadas en la memoria, pero hoy compartiré una concreta. Fue a principios del 2000, cuando fui la primera candidata mujer a la presidencia de la sociedad de alumnos de la Universidad Panamericana campus Guadalajara.

Mi planilla se llamaba AVEC. Quisimos innovar y no irnos por los nombres de colores de siempre. Tanto Rosy, primera candidata mujer a secretaria general, como yo teníamos trabajo previo en asociaciones de ayuda comunitaria ligadas a la escuela, buenas calificaciones y una cercanía real con la formación religiosa, no de discurso sino de convicción.

Yo pensé sinceramente que, por nuestros perfiles, no sería fácil entrar en la mente de los estudiantes. Pasó lo contrario: nos acogieron con entusiasmo, impulsamos incluso un debate como parte de la campaña y logramos marcar esa conversación.

Fue, en muchos sentidos, una gran experiencia y me gusta quedarme también con esa parte luminosa.

Pero en medio de esa experiencia hubo un episodio que no olvido. Durante el conteo de votos, tanto Rosy como yo escuchamos a uno de los directivos decir una frase brutal por su claridad: “sobre mi cadáver, una mujer será presidenta en la universidad”. Así, sin matices. Sin vergüenza. Sin siquiera la necesidad de esconder una resistencia que en aquel momento se sentía naturalizada.

No pudimos hacer mucho. Éramos jóvenes y estábamos dentro de una estructura donde el poder pesaba más que nuestra capacidad real de respuesta. Pero sí pudimos entender algo: que la exclusión no siempre llega en forma de escándalo, a veces llega en forma de frase seca, dicha por alguien que se siente con derecho de decidir hasta dónde puede llegar una mujer. Eso también era una forma de violencia simbólica y exclusión. Eso también era una manera de ponernos techo.

Ese episodio, además, me permitió conocer una cara dolorosa de una institución que, aun así, sigo amando profundamente.

La Universidad Panamericana es y seguirá siendo mi alma mater. Mi vínculo con ella no se rompió por eso; al contrario, con los años incluso cursé ahí mi segunda maestría.

Por eso escribo esto sin rencor y sin ánimo de pleito, sino con la serenidad de quien sabe que amar una institución también implica decir la verdad sobre lo que nos tocó vivir dentro de ella.

Por eso, cuando años después una mujer pudo llegar a la presidencia de la sociedad de alumnos sin mayores complicaciones, yo no lo vi como casualidad. Lo vi como el resultado de muchas mujeres que antes tuvimos que escuchar desprecios, aguantar silencios, soportar cerrazones y abrir espacios que no estaban realmente abiertos.

Lo que después pareció normal, antes costó muchísimo. Y ahí está una parte central del sentido del 8M.

A veces se juzgan estas luchas desde la comodidad del presente, como si los avances hubieran brotado solos, como si las puertas siempre hubieran estado ahí. No fue así. Las abrimos a pulso. Las abrimos incomodando. Las abrimos insistiendo. Las abrimos aun cuando del otro lado había quien pensaba que no nos tocaba.

Por eso digo vivimos, no vivieron. Reconocimos lo que pasaba y seguimos caminando y luchando. No desde el odio, sino desde la dignidad. No para borrar instituciones, sino para mejorarlas. No para quedarnos atrapadas en la herida, sino para impedir que otras tengan que pasar por lo mismo. Ese es sólo un ejemplo.

Hay otros episodios, quizá peores, en nuestras propias historias. Y son justamente esas vivencias las que explican por qué seguimos marchando cada 8M.

En lo personal, yo creo más en la no violencia, en el orden y en la fuerza moral de una causa justa. Pero también creo que ninguna sociedad debería escandalizarse por la protesta de las mujeres antes de escandalizarse por las razones que la hicieron necesaria.


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por Violeta Moreno Haro

Lic. en administración de empresas UP campus GDL. Maestra en Gestión Pública CUCEA CONACYT. Maestria Historia del Pensamiento UP Campus Mixcoac Más de 25 años en el servicio público y en el análisis político en distintos medios en Jalisco y nacionales.

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