Gracias a que también estudié filosofía, me da por analizar temas existenciales. Hoy hablaré un poco del amor.
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Pocas palabras se utilizan tanto y se comprenden tan poco. Con frecuencia confundimos cercanía con posesión, atención con control y compañía con dependencia.
Quizá por ello muchas relaciones terminan desgastándose: porque intentamos reducir el mundo del otro, en lugar de aprender a compartirlo.
El amor auténtico no consiste en ocupar todos los espacios de una persona, sino en tener un lugar central y privilegiado dentro de su vida.
La pareja no debe convertirse en un vínculo secundario ni en una presencia ocasional. Cuando existe amor, debe haber atención, cuidado, intimidad, escucha y, sobre todo, tiempo de calidad.
Amar también significa hacer sentir elegida a la otra persona. No basta con decirle que es importante si en los hechos siempre queda al final de la agenda.
El amor necesita presencia. Requiere compartir la vida cotidiana, acompañarse en los momentos difíciles, celebrar juntos los logros y construir un espacio propio donde ambos sepan que cuentan el uno con el otro.
La pareja puede y debe ocupar el centro personal de nuestra vida afectiva. No porque sustituya todo lo demás, sino porque representa una elección distinta: es la persona con quien compartimos intimidad, temores, planes, decisiones profundas y un proyecto de vida.
También debe ser nuestra amiga. En una relación amorosa debe haber confianza para hablar sin temor, complicidad, sentido del humor, admiración y libertad para mostrarnos como somos.
Sin embargo, la pareja no puede quedarse únicamente en el lugar de la amistad. Ocupa un sitio más privilegiado porque, además del afecto, existen intimidad, prioridad, responsabilidad emocional, exclusividad y la voluntad de construir un nosotros.
Pero ocupar el centro no significa ocuparlo todo.Quien ama no pretende borrar la historia del otro, sus amistades ni los vínculos que ha construido durante años.
Cada persona llega a una relación con una biografía, una identidad y un patrimonio humano que merece ser respetado. Nadie comienza a existir el día en que encuentra pareja.
Una amistad no ocupa el lugar de una pareja, del mismo modo que la pareja no sustituye a los amigos, a los maestros, a los compañeros de camino ni a la familia cuando existe un vínculo sano. No tienen por qué competir, porque cumplen funciones distintas dentro de nuestra vida.
Aristóteles entendía que la amistad y el amor virtuosos buscan el bien del otro. Siglos después, Erich Fromm sostuvo que amar es un arte que exige cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento. Ambos coincidían en una idea esencial: el amor no busca dominar, sino contribuir al crecimiento de la persona amada.
Las relaciones más fuertes no son aquellas en las que alguien vigila cada paso del otro, sino aquellas en las que ambos se dan un lugar real en su vida cotidiana. La confianza nace de la presencia, del diálogo y de los hechos.
El tiempo compartido sigue siendo uno de los lenguajes más convincentes del amor.Tampoco debe utilizarse la autonomía como pretexto para mantener a la pareja en la periferia.
Respetar la historia del otro no significa aceptar una relación sin espacio, sin encuentros o sin atención. El amor maduro protege la individualidad, pero también asume la responsabilidad de construir cercanía.Porque el amor verdadero no necesita reducir el mundo de nadie para crecer, pero tampoco acepta vivir permanentemente en sus márgenes.
Sabe respetar una historia y, al mismo tiempo, construir un centro compartido. Cuando ese lugar existe, se reconoce en la presencia, en el cuidado y en la decisión cotidiana de elegirse.
