Vi el otro día a unos estudiantes graduarse mientras otros manifestaban su inconformidad y parecían estar a punto de dañar la infraestructura de la Universidad. La coincidencia me dejó pensando. Unos concluían años de esfuerzo; otros expresaban un enojo que amenazaba con lastimar los espacios donde también se construyen oportunidades. Pensé entonces que la verdadera rebeldía en este mundo es la educación.
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Graduarse parece un acto convencional hasta que uno recuerda lo que cuesta llegar. Detrás de una ceremonia puede haber años de transporte público, empleos mal pagados, noches sin dormir, padres haciendo cuentas y estudiantes que varias veces estuvieron cerca de abandonar. Ese diploma reúne esfuerzos que rara vez caben completos en una fotografía.
En un mundo que premia la atención inmediata, estudiar exige sostener una tarea cuyos resultados tardan. Leer un libro, aprender un oficio, comprender una teoría o terminar una investigación requiere paciencia para construir. Seguir estudiando cuando todo invita a buscar resultados rápidos también es una manera de resistir.
Aprender nos permite reconocer cuándo una explicación es insuficiente, cuándo una promesa carece de sustento y cuándo alguien pretende aprovechar nuestro enojo. Una persona que pregunta, contrasta y piensa por cuenta propia resulta más difícil de manipular. Ahí encuentro una rebeldía que puede acompañarnos toda la vida: adquirir criterio para que otros no decidan por nosotros.
Por eso me cuesta encontrar un propósito transformador en destruir lo que sirve para educarnos. Dañar un salón, una biblioteca o un laboratorio termina perjudicando al estudiante que necesita una computadora, al profesor que prepara una práctica y a la familia que confía en la educación pública. Reparar lo destruido consume recursos que podrían ampliar oportunidades.
Tampoco sería justo suponer que quienes se gradúan están conformes con todo. Muchos conocen las deficiencias de su institución y las desigualdades del país. Hay jóvenes que protestan y estudian, que exigen y cuidan su escuela. Terminar una carrera puede ser parte de esa inconformidad: prepararse para intervenir en aquello que consideran injusto.
Aquella escena me hizo preguntarme dónde colocamos nuestra energía y qué queda después de utilizarla. El enojo puede movilizarnos; sostener el esfuerzo permite convertir esa inquietud en conocimiento, trabajo y propuestas.
Estudiar no garantiza una vida fácil. Sería irresponsable prometerlo en un país donde tantos profesionistas enfrentan precariedad. Pero aprender amplía nuestra capacidad de decidir, defendernos y comprender el mundo que nos toca transformar.
Mientras observaba a aquellos graduados, pensé en las veces que seguramente habían considerado rendirse. Llegar hasta ahí era ya una respuesta. Frente a un mundo que tantas veces nos quiere distraídos, resignados o enfrentados, educarse sigue siendo una forma de conquistar libertad. Cuidar la Universidad significa procurar que otros también puedan llegar hasta ese momento y construir lo que sigue.