Lo ocurrido con Juan José Frangie en Zapopan no debería leerse solo como un mal momento frente a una reportera. Conviene leerlo como síntoma. Al ser cuestionado por Canal 44 sobre el alto costo de las rentas y por las quejas sobre agua sucia, el alcalde respondió con frases como “lo bueno cuesta caro”, descalificó las preguntas, pidió a la reportera que ya le parara y acusó al medio de insistir con “jiribilla” y de seguir “golpeando”.
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Más que una respuesta dura, lo que apareció ahí fue una manera de procesar la crítica: no como información pública que obliga a responder, sino como hostilidad que se debe neutralizar.
Ahí es donde el concepto de heurística ayuda a entender algo de fondo. En filosofía y en ciencias cognitivas, una heurística es un atajo mental, una regla práctica que simplifica decisiones cuando no se procesa toda la complejidad de una situación.
La idea de la racionalidad acotada, asociada a Herbert Simon, parte justamente de eso: los seres humanos decidimos con tiempo limitado, información incompleta y capacidades finitas.
El problema empieza cuando ese atajo, que puede ser útil para sobrevivir la sobrecarga cotidiana, se vuelve una mala costumbre política. Porque entonces ya no se analiza el contenido de la pregunta: se clasifica rápido, se mete en una caja y se responde contra la caja, no contra el problema. Eso parece haber pasado aquí.
En lugar de entrar al fondo de dos asuntos reales para la vida cotidiana de miles de personas, el encarecimiento de la vivienda y la calidad del agua, la crítica fue simplificada hasta convertirse en enemistad.
La pregunta dejó de ser pregunta y pasó a ser leída como agresión. Y cuando eso ocurre, la política se empobrece. Porque una autoridad ya no discute realidades, discute intenciones que ella misma atribuye. Ya no responde a la ciudadanía, responde al fantasma de una supuesta campaña en su contra.
Lo delicado de esa reacción no es solo el tono, aunque el tono importe. Lo delicado es la renuncia a la sustancia. Si el agua sale mal, si la renta expulsa, si el servicio no acompaña el crecimiento, no basta con molestarse por la pregunta. Hay que responder al problema.
Y aquí conviene decir algo con claridad: este tipo de políticos existen en todos los partidos. No es patrimonio de Movimiento Ciudadano ni monopolio de una sola sigla.
En todos lados aparecen perfiles que toleran la alabanza como si fuera diálogo, pero viven el cuestionamiento como traición. Lo que cambia son los colores; el patrón se repite.
Por eso el caso de Juan José Frangie importa más allá de Juan José Frangie. Porque deja ver una forma de ejercer el poder que se ha vuelto demasiado común: administrar percepción, simplificar la crítica y esquivar el fondo.
Ese reflejo podrá servir para cerrar una entrevista, pero no sirve para gobernar una ciudad compleja. La buena política no es la que nunca se incomoda, sino la que sabe distinguir entre una embestida y una pregunta incómoda pero legítima.
Y más todavía: la que entiende que una crítica puede ser molesta sin dejar de ser valiosa. Gobernar no consiste en encontrar solo medios amables ni preguntas convenientes. Consiste en sostener la interlocución incluso cuando aprieta. Si no, la heurística defensiva se vuelve costumbre, la costumbre se vuelve estilo y el estilo termina vaciando a la democracia de una de sus pocas cosas verdaderamente útiles: la posibilidad de que el poder responda, en serio, a lo que la gente está viviendo
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