Aquel 27 de mayo de 1993, en la Catedral Metropolitana de Guadalajara, el cardenal Eduardo Pironio, representante del Papa Juan Pablo II, expresó:
“No he venido a predicar una ‘resignación pasiva’ frente a una ‘violencia irracional’ y ‘absurda’, una violencia ‘injustificable’ y ‘execrable’ que todo lo destruye. He venido, en nombre del Santo Padre, a compartir calladamente el dolor del pueblo mexicano, herido por la muerte de un ‘Pastor ejemplar’ y otras seis víctimas igualmente inocentes. He venido a orar con ustedes por la paz de México y de América Latina. Por la paz del mundo. He venido a traer una sencilla y cordial palabra de esperanza…”.
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Ahí mismo, el entonces presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, arzobispo Adolfo Suárez Rivera dijo:
“La muerte injusta y violenta del Pastor bueno de Guadalajara nos ha sacudido a todos. Ha herido nuestra dignidad de seres humanos, de mexicanos, de miembros de la Iglesia de Jesucristo. Nunca, en toda la historia de nuestra patria, manos criminales, guiadas por fuerzas anónimas e irracionales, habían tocado fibras tan sensibles del corazón de la Iglesia y de nuestro pueblo. Ante esta realidad, sentimos enorme pena. Nos vemos también impulsados a expresar una enérgica condena a esas redes invisibles que oprimen el derecho a la vida, a la libertad y a la tranquilidad en el orden. Pensamos que ningún jalisciense, que ningún mexicano bien nacido debería estar detrás de esta violencia homicida que ha segado la vida de este hombre de Dios y de quienes con él fueron injustamente privados de su existencia.
“Invito (…) a quienes tienen una responsabilidad en la vida pública de nuestro país, a quienes comparten conmigo el servicio pastoral o religioso, a quienes tienen una misión educadora con nuestra niñez y nuestra juventud, a los padres de familia, a los protagonistas de nuestra vida económica, a los creadores de arte y a los medios de comunicación social, a que hagamos un frente común ante la violencia en todas sus manifestaciones.
“Frente a la amenaza de un severo rompimiento de la tranquilidad pública, urge responder con cordura, promover acciones visibles y eficaces que permitan que prevalezca (…) el estado de derecho, de justicia y de paz. Corresponde, sobre todo, iniciar y sostener un valiente análisis de todas las semillas de discordia, de división, de odio y de muerte que se han ido sembrando en nuestros campos de México. ¿No hemos sido nosotros mismos los que hemos permanecido callados ante las injusticias, los atentados a la vida? Y ante la corrupción de los valores humanos y cristianos, tan unidos al ser y a la misma sobrevivencia de nuestro pueblo, ¿no es triste que pase desapercibida la muerte de tantos honestos y sencillos hombres y mujeres de bien?…
“Esta vida nueva (,,,) debe significar una condena nacional a la violencia, al narcotráfico, al fácil enriquecimiento y al atropello de los derechos humanos, sobre todo de los más débiles…”.
Estas palabras, las del cardenal Pironio (foto) y del arzobispo Suárez Rivera, se pronunciaron hace 33 años ante el féretro con el cuerpo del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, quien un día como hoy -24 de mayo- fue asesinado en el aeropuerto internacional de Guadalajara, y cuya causa superó ya aquella fantasiosa idea del “complot”, confirmándose con pruebas y detalles que el VIII Arzobispo de Guadalajara estuvo aquel día en el lugar y la hora equivocada.
Pero las palabras del cardenal Eduardo Pironio y del arzobispo Adolfo Suárez, pronunciadas en 1993, tienen hoy, en 2026, total vigencia ante los hechos lamentables que vive el país de inseguridad, narcotráfico, asesinatos de inocentes y una lucha encarnizada por el control del territorio por parte del crimen organizado.
Por eso hoy, en el 33 aniversario del asesinato del cardenal Posadas Ocampo, tiene especial relevancia recordar aquellas palabras que se pronunciaron ante su injusta muerte. Palabras que hoy siguen resonando en cada rincón del país.
Columna publicada en: Ante violencia en México, siguen vigentes palabras del cardenal

