México está a unos días de vivir otro Mundial en casa, pero el ambiente no se siente como una fiesta nacional.
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Se siente más bien como un evento enorme que va a pasar sobre un país cansado, con problemas económicos, con Trump encima, con gobiernos que no terminan de conectar con la ciudadanía y con una sociedad que mira el espectáculo desde afuera, como si el Mundial fuera de otros.

Ese es el primer problema: un Mundial debería ser una oportunidad de identidad, orgullo, turismo, inversión, ciudad y comunidad. Pero para que eso ocurra, la gente tiene que sentirse parte.
Y hoy muchos mexicanos no se sienten parte de casi nada. No se sienten parte de las decisiones públicas, no se sienten escuchados por sus gobiernos, no sienten que las obras se hagan pensando en ellos y tampoco sienten que los beneficios de los grandes eventos lleguen realmente a su vida cotidiana.
El Mundial llega, además, en un momento económico incómodo. No llega a un México boyante, confiado y en expansión clara. Llega a un país con crecimiento débil, con inversión cautelosa, con incertidumbre comercial y con Estados Unidos otra vez convertido en presión permanente.
Trump no es solamente un personaje estridente: es una amenaza real sobre la relación económica de México, sobre las exportaciones, sobre la migración, sobre la seguridad y sobre la narrativa de dependencia que siempre nos persigue.
En ese contexto, vender el Mundial como si fuera una solución mágica sería un error. Unos cuantos partidos no corrigen la falta de crecimiento. Un estadio lleno no resuelve la inseguridad. Una zona turística bonita no arregla la movilidad. Una postal de aficionados extranjeros no cambia la sensación de abandono de millones de ciudadanos. El país no necesita maquillaje mundialista; necesita gobierno que funcione.Y ahí está la desconexión.
Los gobiernos hablan de legado, derrama económica, infraestructura y proyección internacional. La gente habla de transporte saturado, agua, inseguridad, obras a medias, comercio informal, precios altos y vida diaria cada vez más pesada. Son dos conversaciones distintas.
Una ocurre en los discursos oficiales; la otra ocurre en la calle.El Mundial puede traer turismo, consumo y visibilidad. Sería absurdo negarlo. Pero también puede exhibir lo que no se quiso ver antes: ciudades parchadas a última hora, autoridades reaccionando por presión internacional, servicios públicos forzados al límite y ciudadanos que sienten que los arreglos se hacen para el visitante, no para ellos.
Ese es el riesgo político del Mundial: que el país quede bonito para la cámara, pero no para quienes lo habitan. Que se limpie la ruta del turista mientras el ciudadano sigue batallando con lo mismo. Que se hable de fiesta global mientras la gente sigue sintiendo que sus gobiernos no la representan, no la entienden o no la miran.
México merece disfrutar el Mundial, claro que sí. Pero también merece algo más que una fiesta prestada. Merece que el evento sirva para ordenar ciudades, mejorar servicios, cuidar espacios públicos, fortalecer seguridad y recuperar confianza.Porque el verdadero éxito no será que el mundo vea a México durante unos partidos. El verdadero éxito sería que, después del Mundial, los mexicanos sintieran que algo de ese esfuerzo también fue para ellos.
