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La burbuja digital no siempre vota

La burbuja digital no siempre vota
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Uno de los errores más frecuentes de la política actual es confundir ruido digital con poder territorial. Morena ha construido una red amplia de comunicadores, opinadores, youtubers e influencers que todos los días defienden su narrativa, atacan adversarios y mantienen vivo el relato del movimiento. El problema es que esa conversación no siempre pega con la sociedad real.

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Casos como Antonio Attolini o Juncal Solano sirven para mirar ese fenómeno. No porque sean los únicos ni porque todo lo que hagan esté mal, sino porque representan una forma de comunicación política que parece muy intensa en redes, pero no necesariamente se traduce en confianza social, votos nuevos o capacidad real de persuadir fuera de su propio círculo.

Ahí está el punto: pueden tener audiencia, pero una audiencia no siempre es ciudadanía movilizada. Pueden tener seguidores, pero no todos los seguidores son votantes. Pueden tener interacción, pero no toda interacción es apoyo. Y además hay que decirlo: en el mundo digital no todo público es orgánico, no todo aplauso es real y no todo trending topic llega a la calle.

Morena debería hacerse un análisis más serio. Porque si después de años de mañanera, redes, influencers, propaganda, programas sociales y presencia nacional hay lugares donde no logran conectar, quizá el problema no es sólo de operación electoral. Quizá también hay un problema de comunicación: hablan mucho entre ellos, pero no siempre le hablan al país real.

La viralidad es una herramienta poderosa, pero también muy engañosa. Hoy cualquier persona puede tomar una foto, grabar un video, decir una frase incendiaria y volverse viral. Eso democratizó la conversación pública, sí, pero también abrió la puerta a una enorme confusión: creer que tener cámara equivale a tener criterio; que tener seguidores equivale a tener autoridad; que comunicar rápido equivale a comunicar bien.

No cualquiera tiene la ética, la formación y la profesionalización para explicar temas complejos. Política pública, seguridad, economía, justicia, educación o elecciones no son asuntos que se puedan reducir siempre a consignas, burlas, gritos o edits de treinta segundos. Claro que se pueden comunicar de forma sencilla. Pero simplificar no es lo mismo que deformar.

El problema de muchos influencers políticos es que no informan: confirman prejuicios. No explican: activan tribus. No construyen ciudadanía: alimentan una hinchada. Y eso puede funcionar para mantener contento al público cautivo, pero no necesariamente para convencer a la señora que trabaja todo el día, al joven que no milita, al comerciante que paga impuestos, al maestro que está harto o al ciudadano que no quiere propaganda, quiere respuestas.

La política seria no puede depender sólo de quien grita más fuerte en redes. Necesita comunicadores con responsabilidad, datos, contexto, oficio y una mínima ética pública. Porque la gente puede creerle a una persona carismática, pero eso no significa que esa persona sea la indicada para explicar determinadas materias u orientar determinadas decisiones sociales.

La burbuja digital puede hacer mucho ruido. Pero las elecciones se ganan con personas reales, problemas reales y confianza real. Y cuando esa conexión se rompe, ni el influencer más viral alcanza para tapar el vacío.


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por Violeta Moreno Haro

Lic. en administración de empresas UP campus GDL. Maestra en Gestión Pública CUCEA CONACYT. Maestria Historia del Pensamiento UP Campus Mixcoac Más de 25 años en el servicio público y en el análisis político en distintos medios en Jalisco y nacionales.

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