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Una canción para dejar de cargar el mundo

Una canción para dejar de cargar el mundo
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Me parece demasiado fácil escuchar reguetón o corridos actuales, como los que interpreta Peso Pluma, y concluir que las nuevas generaciones ya no quieren pensar. Algunas letras son sencillas, repetitivas y previsibles. Pero confundir esa sencillez con incapacidad intelectual nos impide preguntarnos qué buscan quienes las escuchan. Tal vez buscan descansar.

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Aristóteles escribió en su Política que “la diversión tiene por objeto el descanso”. Al discutir la música, reconoció su relación con el placer y la recuperación después del esfuerzo. Hace siglos entendió algo que hoy olvidamos: el entretenimiento también responde a una necesidad humana.

A los jóvenes les pedimos preparación, productividad, conciencia ambiental y fortaleza emocional. Entretanto, les dejamos violencia, incertidumbre económica y un planeta cuyo deterioro deben enfrentar. Después nos sorprende que, al ponerse los audífonos, algunos prefieran una canción que no les exija descifrar otra angustia.

No afirmo que esa sea la explicación de todos sus gustos. Influyen la convivencia, la identidad y lo que circula entre amigos. Tampoco toda canción de estos géneros es simple. Propongo una lectura: la facilidad de una letra puede ofrecer una pausa frente a una realidad demasiado pesada.

Epicuro, en su Carta a Meneceo, definió el placer como “ausencia de dolor en el cuerpo y de perturbación en el alma”. Su idea no consistía en vivir entre excesos, sino en buscar tranquilidad. Desde esa perspectiva, bailar o repetir un estribillo puede ser una manera de aliviar, durante unos minutos, el ruido de la vida.

Esto tampoco obliga a celebrar cualquier contenido. Podemos cuestionar letras que normalizan la violencia, humillan a las mujeres o presentan el poder criminal como aspiración. Comprender por qué alguien disfruta una canción permite discutir mejor sus mensajes; escucharla no equivale automáticamente a respaldarlos.

Me interesa más esa conversación que el desprecio generacional. La complejidad artística merece espacio, educación y oportunidades de encuentro. Pero la sensibilidad no se desarrolla avergonzando a quien disfruta una melodía fácil ni convirtiendo cada momento de ocio en un examen cultural.

Quizá deberíamos revisar también nuestra responsabilidad. ¿Qué mundo estamos entregando y cuánto descanso permitimos a quienes tendrán que sostenerlo?

La filosofía clásica ayuda a mirar esta contradicción: necesitamos pensar para vivir mejor, pero también descansar para poder seguir pensando. Antes de juzgar la sencillez de una canción, convendría escuchar el cansancio de quienes la eligen. Puede que no estén renunciando a comprender el mundo. Puede que, por un momento, necesiten dejar de cargarlo.


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por Violeta Moreno Haro

Lic. en administración de empresas UP campus GDL. Maestra en Gestión Pública CUCEA CONACYT. Maestria Historia del Pensamiento UP Campus Mixcoac Más de 25 años en el servicio público y en el análisis político en distintos medios en Jalisco y nacionales.