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“No nos sabemos dejar”: La sangre de Jalisco que busca gobernar California

“No nos sabemos dejar”: La sangre de Jalisco que busca gobernar California
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En un hito que parece dictado por la misma historia y el destino ineludible de dos naciones profundamente entrelazadas, la figura de Xavier Becerra se erige hoy en el horizonte político no solo como un candidato formidable, sino como el eco vivo de una herencia que se perfila para devolverle a California su primer gobernador de sangre mexicana en casi doscientos años, un suceso de una magnitud emocional y cultural incalculable que trasciende las urnas para tocar el alma de millones de personas a ambos lados de la frontera.

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Becerra no es únicamente un político estadounidense; es, en su esencia más pura, el hijo de la esperanza migrante, un hombre
cuyas raíces se hunden firmemente en la tierra del agave y el mariachi gracias a su madre, María Teresa Becerra, una mujer trabajadora oriunda de la vibrante ciudad de Guadalajara, Jalisco, cuya sangre caliente y espíritu indomable le otorgan a Xavier no
solo la identidad innegable de ser mexicano, sino el orgullo inquebrantable de ser profundamente jalisciense.

Para aquellos que, por puro desconocimiento geográfico, pudieran llegar a cuestionar esta dualidad, la propia Carta Magna de su patria ancestral abraza y protege su origen, pues el Artículo 30, Apartado A, Fracción II de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece con una claridad meridiana que son mexicanos por nacimiento aquellas personas que nazcan en el extranjero siendo hijos de madre o padre mexicano nacido en territorio nacional; de este modo, aunque sus primeros respiros y su acta de nacimiento hayan tenido lugar en Sacramento, California, Becerra es constitucional, legal, y sobre todo moralmente, un mexicano hecho y derecho.

Esta mexicanidad vibrante no es un mero título escrito en un documento, sino una realidad forjada en el yunque del sacrificio, un
recordatorio perpetuo de la inmensa tenacidad de sus padres, quienes llegaron a los Estados Unidos enfrentando la inmensidad y el frío de un país desconocido con apenas 12 dólares en los bolsillos, pero con un caudal inagotable de sueños, una ética de trabajo
intachable y una voluntad de acero que cimentaron, gota a gota, el camino para que su hijo hoy aspire a la máxima cima del poder estatal.

A este noble linaje de esfuerzo se suma un hecho vital que lo ancla de manera definitiva a la realidad de nuestra gente: su
crianza ligada a Tijuana, esa frontera porosa, mágica y vibrante que le enseñó desde temprana edad a caminar entre dos realidades, inyectándole en las venas la cultura inconfundible de la línea fronteriza y convirtiéndolo en un estandarte auténtico, en un emblema viviente para la inmensa comunidad que palpita, sufre y ríe de aquel lado del Río Bravo y, por supuesto, de este otro lado también.

Desde una perspectiva puramente geopolítica y demográfica, el impacto de su figura es asombroso, pues nos sitúa ante el inminente e histórico escenario de que prácticamente toda la región de la Alta California y las Bajas Californias compartan un liderazgo emanado de las mismas raíces mexicanas, reunificando de manera cultural y espiritual un territorio que alguna vez fue uno solo bajo el mismo cielo.

La importancia de su candidatura y la trascendencia de un eventual triunfo adquieren dimensiones titánicas cuando consideramos la realidad demográfica actual: California, haciendo mancuerna con Texas, es el estado que alberga a la mayor cantidad de mexicanos en los Estados Unidos, conformando una población monumental que, tal como lo ha señalado con agudeza el ex embajador estadounidense en México y figura en el entorno del gobierno de Donald Trump, Christopher Landau, asciende hoy a la
impresionante cifra de 60 millones de mexicanos esparcidos por todo el territorio estadounidense.

Esta imparable marea humana no conquistó el país del norte con el estruendo trágico de las armas ni con la desolación de la guerra, sino a través del poder sutil pero invencible del “soft power”, valiéndose de la fuerza irrefrenable de la rica cultura
mexicana, la gastronomía inigualable, el trabajo incansable, la música que enchina la piel y los valores familiares inquebrantables, adueñándose de manera pacífica y práctica de los Estados Unidos para dar luz a un “otro México” que hoy late con una fuerza
arrolladora en las entrañas mismas de Norteamérica.

Por todo ello, la posibilidad real de que Xavier Becerra gobierne California está envuelta en un profundo, nostálgico y hermoso romanticismo histórico: representa el sueño poético del hijo pródigo, aquella California que un día lejano se fue, regresando por fin con los brazos abiertos para abrazarse eternamente con su hermano mayor, Jalisco, y rindiendo el más puro de los tributos a su padre, México, en un reencuentro espiritual que promete sanar las antiguas heridas impuestas por la geografía y la historia.

Y es que, al observar su trayectoria, queda claro que Becerra es, sin asomo de duda, un hijo digno de Jalisco, un hombre que lleva implícita en su actuar político la bravura inconfundible de su tierra materna, evocando de manera inevitable aquella icónica estrofa inmortalizada por la inigualable voz de don Vicente Fernández en el himno de “El Jalisciense”, que reza con orgullo: “dicen que somos malditos, eso es nomás por hablar, somos hombres que cumplimos, no nos sabemos dejar”.

Esa misma rebeldía indomable, esa negativa rotunda a dejarse someter frente a la adversidad, fue la que Becerra demostró con fiereza y enorme convicción cuando, en su crucial papel como Fiscal General de California, interpuso decenas de demandas legales para hacer frente a las políticas del gobierno de Donald Trump, erigiéndose como un escudo protector implacable para los migrantes y los más vulnerables, y demostrando al mundo entero que, siendo fiel a la letra de la canción y a la sangre caliente de Guadalajara que corre por sus venas, es un hombre cabal que cumple su palabra, que defiende con garras a los suyos, y que, ante cualquier gigante, simplemente no se sabe dejar.


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