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En política: Cuando el impresentable le dice sus verdades al insufrible

En política: Cuando el impresentable le dice sus verdades al insufrible
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La política mexicana tiene fenómenos raros, y hoy me puse a pensar en eso. Uno de ellos es que un personaje que normalmente genera rechazo puede, por momentos, caer bien cuando enfrenta a otro que cae peor. Eso explica parte de lo que ocurre cada vez que Alejandro “Alito” Moreno se cruza con Gerardo Fernández Noroña.

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No se trata de convertir a Alito en héroe nacional ni de borrar su propia historia política. El dirigente priista carga con sus propios negativos, con el desgaste de su partido y con una imagen pública difícil de defender. Pero la política no siempre se mide por simpatías absolutas, sino por contrastes. Y frente a Noroña, incluso alguien tan cuestionado como Alito puede resultar funcional para expresar un hartazgo que mucha gente no encuentra cómo nombrar.

Porque Noroña no cae mal solo por ser polémico. Cae mal porque ha hecho de la soberbia una forma de identidad pública. Durante años construyó una imagen de tribuno del pueblo, de fiscal moral de los privilegios ajenos, de acusador permanente de la derecha, de los ricos, de los lujos, de la incongruencia. El problema es que cuando el discurso de austeridad se topa con casas costosas, viajes cómodos, explicaciones irritadas y respuestas evasivas, la superioridad moral se vuelve caricatura.

Ahí aparece el fenómeno: Alito puede no gustar, pero cuando le dice a Noroña lo que muchos piensan, conecta con una molestia transversal. No porque la gente crea que el PRI representa pureza, sino porque ya está cansada de quienes predican humildad desde el privilegio, condenan el lujo ajeno mientras justifican el propio y se victimizan cada vez que alguien les pregunta lo elemental.

La frase no dicha, pero entendida por muchos, es brutal: Noroña no vivía de manera austera porque fuera necesariamente una convicción profunda, sino porque quizá no le había tocado estar donde hubiera. Y cuando le tocó, mostró que el problema no era el lujo; era que antes no estaba de su lado.

Ese es el centro del enojo ciudadano. No la casa en sí, no el avión en sí, no el restaurante en sí. El problema es la incongruencia envuelta en sermón. México puede perdonar muchas cosas, pero difícilmente perdona a quien se presenta como conciencia moral y termina actuando como aquello que decía combatir.

Por eso Alito, con todos sus defectos, logra por momentos caer bien cuando enfrenta a Noroña. Porque en ese choque no gana la virtud contra el vicio; gana el desahogo contra la arrogancia. La ciudadanía no está aplaudiendo necesariamente a Alito. Está celebrando que alguien le quite el micrófono moral a quien creyó tenerlo en exclusiva.

La política mexicana está llena de impresentables. Pero hay algo que irrita todavía más: el impresentable que se cree redentor. Y cuando alguien le baja dos centímetros del pedestal, aunque venga de otro personaje igualmente cuestionado, mucha gente respira y dice: por fin alguien se lo dijo.


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por Violeta Moreno Haro

Lic. en administración de empresas UP campus GDL. Maestra en Gestión Pública CUCEA CONACYT. Maestria Historia del Pensamiento UP Campus Mixcoac Más de 25 años en el servicio público y en el análisis político en distintos medios en Jalisco y nacionales.

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