Hay formas de ejercer el poder que revelan mucho más que cualquier discurso, a una de ellas, por lo ocurrido recientemente, he decidido llamarla “la experiencia Laura Haro”: llegar a un acto político como si se encabezara el Gobierno de Jalisco y colocar alrededor una barrera humana integrada por su padre, José Luis Haro; Alberto Arreola; Javier Contreras; Héctor Martell y otra persona cuyo nombre desconozco, convertidos prácticamente en cadeneros para decidir quién puede entrar a un evento y quién no. Esta es la experiencia de muchos priistas en el estado.
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Yo acudí como ciudadana, con respeto y apertura, a escuchar ideas. Algunas me parecieron valiosas, aunque también debo decir que no son propiedad de unas siglas: son planteamientos que podría presentar cualquier partido interesado en recuperar la confianza ciudadana, fortalecer las instituciones y ofrecer alternativas frente a los problemas de Jalisco.
Precisamente por eso resulta contradictorio convocar a la sociedad y, al mismo tiempo, levantar una barrera humana alrededor de la dirigencia. No hablo de buscar una fotografía ni de abrirme paso para saludar a una figura pública. Hablo de impedir que una persona pueda acercarse a amigos de toda la vida; amistades que, en algunos casos, probablemente tienen más años de existencia que la propia edad de Laura Haro.
También sería injusto generalizar. El PRI conserva perfiles capaces y operadores con verdadero oficio político. Javier Santillán, por ejemplo, es un gran delegado: cercano, respetuoso y con la sensibilidad necesaria para entender que la política se construye escuchando, tendiendo puentes y tratando dignamente a las personas. Ese tipo de cuadros demuestra que dentro del partido todavía existe experiencia y disposición para hacer las cosas de otra manera.
La escena podría parecer menor, pero políticamente no lo es. Los partidos que actualmente no gobiernan necesitan abrir puertas, sumar voluntades, recuperar confianza y reconstruir vínculos. No pueden darse el lujo de comportarse como si administraran una corte. Mucho menos en Jalisco, donde el PRI necesita operación política verdadera, sensibilidad e inclusión para no continuar perdiendo presencia.
Lo digo, además, desde una posición que quizá sorprenda: a mí me gustó el discurso de Laura Haro durante su campaña a la gubernatura. Me pareció una candidata con voz, carácter y mensajes capaces de conectar con sectores importantes de la sociedad. Incluso la seguí durante algún tiempo en redes sociales porque encontraba elementos valiosos en su narrativa.
Pero un buen discurso siempre debe estar acompañado de actos. Cuando se habla de cercanía y se practica el cerco; cuando se promete inclusión, pero se levantan barreras; cuando se pide confianza, pero se trata a las personas como si tuvieran que acreditar derecho de admisión, el discurso pierde fuerza y la dirigencia comienza a perder calidad moral.
El PRI de Jalisco podría crecer. Tiene historia, cuadros, experiencia territorial y personas que todavía conservan vínculos sociales importantes. Pero no crecerá con una dirigencia obtusa, encerrada en sí misma y confundiendo liderazgo con distancia.
Si la conducción estatal sustituye la operación política por pequeños cercos de poder, el PRI corre el riesgo de terminar en el último lugar de Jalisco. No porque carezca de historia o de buenos perfiles, sino porque algunos de sus dirigentes olvidaron que un partido se construye abriendo puertas, no poniendo cadeneros.