La lenta democratización llevada a cabo en la sociedad mexicana por amplios sectores de la comunidad desde finales de los años sesenta del siglo pasado hasta el día de hoy, ha incluido, a querer o no, amplios sectores públicos y privados.
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Espacios de todo tipo que se vieron obligados a democratizar sus conductas y sus relaciones de poder con los diferentes actores de la vida nacional.
En ese proceso, partidos políticos, organizaciones gremiales, empresas privadas y, desde luego, los gobiernos caminaron en la misma dirección, aunque con velocidad, intensidad e intereses diferentes.
Sin embargo, hubo un espectro de poder que se negó a la democratización que fuimos construyendo en el país: las dos principales televisoras de México, Televisa y TV Azteca. Ambas compañías, para mantener intactos sus cotos de poder, actuaron a pie juntillas para legitimar lo ilegal de las prácticas electorales
fraudulentas priistas y panistas además del ejercicio patrimonialista del presupuesto público.
No solamente intentaron detener la democratización del país, sino que fueron comparsa de los crímenes cometidos desde el gobierno, y frente a ellos guardaron silencio o minimizaron los hechos, no olvidemos la frase lanzada el 3 de octubre de 1968 en la televisión mexicana, luego de la matanza de estudiantes en la plaza de las Tres Culturas: “hoy amaneció con solecito”.
Las dos televisoras se acostumbraron a permanecer a la sombra de Los Pinos (nunca antes mejor usada la referencia) para potenciar las jugosas ganancias de sus negocios. No solamente eso, sino que empujaron en todo momento para detener o al menos retrasar la democratización de la sociedad.
El grueso de sus contenidos de “entretenimiento” e “información” no hacía otra cosa que justificar el priato primero y el prianato después con la única intención de mantener intactas sus pingües ganancias y la posibilidad de continuar evadiendo el pago de casi todos sus impuestos.
A no dudar, las dos televisoras nacieron y se fortalecieron al amparo del viejo régimen. Hicieron todo lo necesario para que nada cambiara. La simbiosis entre PRI y PAN con las televisoras jugaron las veces de un pesado lastre que a fuerza de empuja la sociedad logró hacerlo a un lado para impulsar la aparición de un nuevo régimen.
Con la llegada de la 4T bajo el gobierno de Andrés Manuel López Obrador las dos televisoras del viejo régimen permanecieron. Sin embargo, las condiciones políticas comenzaron a cambiar y la correlación de fuerzas y el maridaje entre gobierno federal y televisoras también se sacudió.
Televisa y TV Azteca se vieron obligadas a convivir en un nuevo régimen político, que si bien, mantiene algunos elementos del anterior, al paso de los años ha ido transformando la vida pública de México.
Todo ello, significó fundamentalmente un golpe mayor a los dueños de las televisoras donde más les duele: sus fortunas. Es cierto, la 4T no arañó las fortunas de ninguno de los dueños de las televisoras, solamente les comenzó a cobrar los impuestos que debían pagar al Estado mexicano porque llevaban años evitando cumplir con esa obligación fiscal.
Gran ofensa para las compañías televisoras. No hubo censura, no hubo persecución política, no hubo retiro de concesiones, solo se planteó una nueva forma de relación con el gobierno federal.
Esa nueva realidad tiene harto molestos a los dueños de Televisa y TV Azteca, desde donde de manera diferente, pero con el mismo objetivo golpean la administración de Claudia Sheinbaum Pardo cotidianamente.
Incluso, Ricardo Salinas Pliego ha lanzado amenazas contra el gobierno por su molestia a consecuencia del pago de impuestos: “No pago mis impuestos ¿por qué voy a pagar impuestos a un gobierno ilegítimo, inepto, corrupto y mentiroso? A mí ya me persiguieron y me hicieron pagar. Creo que hace falta una actitud distinta y vamos a tener que pensar en (hacer) otras cosas”. Sin duda, los dueños de las dos
compañías extrañan al viejo régimen.
A las televisoras les sucedió lo contrario a lo leído en el cuento de Augusto Monterroso: cuando TV Azteca y Televisa despertaron el régimen priista yo no estaba allí.
