La depresión no siempre se ve como una persona tirada en una cama y la ansiedad tampoco siempre es un ataque visible.
Hay épocas que enferman de manera silenciosa. No necesariamente porque todo el mundo esté diagnosticado, ni porque todo malestar tenga que convertirse en etiqueta clínica, sino porque la vida cotidiana se volvió emocionalmente pesada.
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Hoy mucha gente trabaja cansada, duerme mal, vive con miedo, compara su vida en redes sociales, carga problemas económicos, escucha todos los días noticias violentas y además intenta aparentar que puede con todo.
Por eso hablar de depresión y ansiedad en estos tiempos no es hablar de debilidad. Es hablar de realidad.
La depresión no siempre se ve como una persona tirada en una cama. A veces se ve como alguien funcional, que cumple, que trabaja, que sonríe, pero que por dentro perdió energía, esperanza o ilusión.
La ansiedad tampoco siempre es un ataque visible. Muchas veces es una preocupación permanente, una tensión en el cuerpo, una sensación de amenaza, una incapacidad de descansar aun cuando aparentemente no está pasando nada.
En México esto no puede tratarse como tema menor. La ENBIARE del INEGI registró que 15.4 por ciento de la población adulta presentó síntomas de depresión y que 19.3 por ciento presentó síntomas de ansiedad severa. Es decir, no estamos hablando de casos aislados, sino de una parte importante de la sociedad viviendo con una carga emocional fuerte.
Y el problema es que muchas veces el país le pide a la gente que aguante, que produzca, que se adapte, que no se queje, que “le eche ganas”. Pero echarle ganas no siempre alcanza. Hay momentos en los que una persona necesita terapia, atención médica, descanso, red de apoyo, medicamento cuando corresponde y, sobre todo, dejar de sentirse culpable por no poder sola.
En ese contexto vale la pena hablar de la logoterapia. La logoterapia, asociada a Viktor Frankl, parte de una idea poderosa: el ser humano necesita sentido. No solamente placer, dinero, éxito o distracción, sino una razón interna para sostenerse. En tiempos donde muchas personas sienten vacío, desesperanza o cansancio existencial, esta mirada puede ser muy valiosa.
¿Es viable la logoterapia? Sí, pero entendida correctamente. Puede ser una herramienta útil para acompañar procesos de ansiedad, depresión, duelo, enfermedad, crisis personales o pérdida de rumbo, especialmente cuando la persona necesita reconstruir propósito.
No sustituye una valoración psiquiátrica cuando hay depresión grave, ideación suicida, ataques de pánico incapacitantes o deterioro importante de la vida diaria. Tampoco debe usarse como frase bonita para decirle a alguien “búscale sentido” y dejarlo solo.
La logoterapia puede sumar cuando se trabaja con seriedad: ayudar a una persona a preguntarse para qué vive, qué valores la sostienen, qué responsabilidad quiere asumir, qué vínculo la mantiene de pie y qué puede construir incluso en medio del dolor.
En estos tiempos, México necesita hablar más de salud mental, pero también de sentido. Porque una sociedad no sana únicamente cuando baja el ruido exterior. También sana cuando sus ciudadanos vuelven a encontrar una razón para levantarse, cuidarse y seguir viviendo con dignidad.
