Como egresada de dos instituciones de Jalisco, la Universidad Panamericana y la Universidad de Guadalajara, me cuesta trabajo tomar en serio ciertas lecturas demasiado planas de la vida universitaria. Hay algo simplificador, y en el fondo empobrecedor, en esa tentación de hablar de las instituciones como si fueran estructuras abstractas, autosuficientes, casi impersonales, como si su historia pudiera explicarse al margen de las personas concretas que las fundan, las engrandecen, las continúan o, en no pocos casos, apenas las transitan sin dejar huella.
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Las instituciones no son edificios vacíos. Tampoco son membretes flotando en el aire. Las crean las personas, las elevan las personas y las continúan las personas. Y esas personas, desde luego, no pesan igual.
No dejan el mismo tamaño de marca, no producen el mismo nivel de obra, no generan la misma capacidad de irradiación. Algunos pasan con legados nulos, otros con legados pequeños, otros medianos, y algunos francamente grandes. Negarlo por pudor retórico o por un afán de horizontalidad mal entendida no vuelve más democrática la conversación; apenas la vuelve menos honesta.
Por eso, históricamente, hay nombres que regresan una y otra vez a la conversación pública, mientras otros pertenecen más a coyunturas específicas. Esa persistencia no es casual. Suele decir algo del tamaño de la huella, de la capacidad de fundar procesos, de la inteligencia para construir plataformas duraderas y de la densidad de un legado que sigue operando aun cuando cambian las generaciones, los estilos y los relevos.
En la tradición de la Universidad de Guadalajara ahí están, por ejemplo, figuras como José Guadalupe Zuno Hernández, Constancio Hernández Alvirde, Félix Flores Gómez, Carlos Ramírez Ladewig y Raúl Padilla López; pero también nombres femeninos que forman parte de esa misma historia, como Irene Robledo García, Catalina Vizcaíno Vizcaíno y, en un registro más reciente de conducción institucional, Karla Planter Pérez.
Cada quien en épocas, formatos y escalas distintas, pero todos asociados, de un modo u otro, a momentos de construcción, refundación, conducción, expansión o gravitación real. Pretender que todos los nombres pesan igual, o que toda huella debe leerse con la misma escala, no es una defensa de la pluralidad: es una renuncia a distinguir.
Y algo parecido puede decirse, en otro registro, del universo de la Panamericana y del IPADE. Ahí también hay tradiciones intelectuales, empresariales y de liderazgo que no nacieron de la nada ni se sostuvieron por generación espontánea. Nombres como Carlos Llano Cifuentes, Javier Arroyo Chávez, Alfonso Bolio Arciniega, Ernesto Bolio Barajas, Blanca Luévano García y María del Rosario Jiménez Moles, remiten precisamente a esa otra escuela de formación donde la empresa, la reflexión directiva y cierta noción de responsabilidad pública han dejado trayectorias reconocibles; recuerdan que esa tradición no ha sido exclusivamente masculina ni monocorde.
A mí, francamente, me enorgullece que de ambas universidades hayan surgido hombres y mujeres brillantes, capaces de dejar huella en la academia, en la empresa, en la política, en la cultura y en la vida pública.
Las instituciones fuertes no producen trayectorias intercambiables ni liderazgos calcados. Producen ecosistemas amplios, donde conviven perfiles distintos, alcances distintos e inteligencias de distinta magnitud. Y sí: naturalmente, algunas resultan más visionarias, más fundacionales o más decisivas que otras.
Reconocerlo no reduce a la institución ni cancela su pluralidad. Al contrario: permite entender con mayor seriedad cómo nacen los proyectos, cómo se consolidan las plataformas y por qué ciertas obras terminan dejando una huella más extensa y más duradera que otras.
Tal vez el problema empieza cuando se confunde amplitud con indiferenciación. Como si decir que una institución es más grande que cualquier nombre obligara, por pudor, a fingir que todos los nombres han sido equivalentes. No lo han sido. Nunca lo son. Una universidad sólida puede, al mismo tiempo, ser más amplia que cualquier biografía concreta y reconocer que ciertas biografías fueron especialmente decisivas en su historia. Ambas cosas son verdad a la vez.
Decirlo no es rendir culto personal. Es apenas aceptar un hecho elemental de la vida institucional: las obras no aparecen solas, los proyectos no se levantan por inercia y los legados no se reparten de manera uniforme. Hay personas que pasan por una institución, y hay personas que la modifican. Hay quienes ocupan un espacio, y hay quienes fundan una época.
Leer con honestidad esa diferencia no empequeñece a las universidades. Las vuelve más inteligibles. Y, de paso, más respetables.
