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Los maestros que no caben en la postal

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Cada 15 de mayo solemos hablar de los maestros desde la gratitud, la nostalgia o la ceremonia. Está bien. Pero quizá también habría que mirarlos desde otro lugar: desde los datos que casi nunca se ponen sobre la mesa y que explican mejor el tamaño real de su trabajo.

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En México, en la modalidad escolarizada, hay más de 2 millones de docentes para atender a 32.5 millones de alumnos en más de 258 mil escuelas. Es decir, no estamos hablando de un gremio pequeño ni accesorio, sino de una de las estructuras humanas más grandes del país.

La escuela mexicana no se mueve por decreto, se mueve porque todos los días alguien abre un salón, pasa lista, explica, contiene, repite, corrige, escucha y vuelve a empezar.

Hay un dato que dice mucho: la propia SEP define al docente no sólo como quien transmite conocimientos, sino como quien estimula, potencia, conduce o facilita saberes, valores, actitudes y emociones.

Esa definición importa, porque un maestro no trabaja únicamente con cuadernos; trabaja con niños que llegan con hambre, adolescentes con ansiedad, familias rotas, comunidades violentadas, escuelas sin recursos y burocracias que muchas veces piden más papeles que soluciones.

Otro dato incómodo: en educación básica, apenas 48.8% de las escuelas reportan conexión a internet y sólo 50.5% cuentan con computadora.

En escuelas públicas de educación básica, la cifra baja todavía más: 35.5% con internet y 38.6% con computadora. Luego pedimos innovación, habilidades digitales y educación del siglo XXI, pero muchos maestros siguen dando clase en condiciones del siglo pasado.

También está el México multigrado, ese que rara vez aparece en los discursos urbanos. En primaria, las escuelas multigrado y unitarias atienden a más de 1.9 millones de alumnos y representan casi la mitad de las escuelas primarias del país.

Ahí un maestro no da “su materia” o “su grado”: da varios grados, administra edades distintas, niveles distintos y realidades distintas en un mismo salón. Eso no es improvisación; es resistencia pedagógica.

Por eso el debate sobre los maestros no puede reducirse a plazas, sindicatos, marchas o calendarios escolares. Todo eso importa, pero no alcanza.

El maestro es también el primer funcionario público que muchos niños conocen. Es el adulto que detecta si un menor no comió, si llega golpeado, si no ve bien, si dejó de hablar, si algo se rompió en casa.

México necesita discutir la educación con más seriedad y menos consigna. Ni romantizar al magisterio hasta volverlo intocable, ni golpearlo como si fuera el culpable de todos los rezagos.

Hay buenos maestros, malos maestros, maestros cansados, maestros extraordinarios y maestros sosteniendo escuelas donde el Estado llega tarde o llega incompleto.

La verdadera pregunta no es sólo cuánto queremos a los maestros en su día. La pregunta es si estamos dispuestos a construir un país donde enseñar no sea un acto de fe, sino una tarea pública respaldada con condiciones, respeto, formación, infraestructura y futuro.


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por Violeta Moreno Haro

Lic. en administración de empresas UP campus GDL. Maestra en Gestión Pública CUCEA CONACYT. Maestria Historia del Pensamiento UP Campus Mixcoac Más de 25 años en el servicio público y en el análisis político en distintos medios en Jalisco y nacionales.

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