Hay algo profundamente revelador en la llegada de Ariadna Montiel a la dirigencia nacional de Morena. No porque sea extraño que un cuadro del gobierno pase a un cargo partidista. Eso ha ocurrido siempre. Lo verdaderamente grave es otra cosa: que la exsecretaria del Bienestar, es decir, la persona que tuvo bajo su mando una de las estructuras más sensibles de programas sociales del gobierno federal, pase casi de inmediato a dirigir al partido en el poder rumbo a una elección tan importante como la que viene.
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Ariadna Montiel dejó la Secretaría del Bienestar a finales de abril y el 3 de mayo de 2026 asumió la presidencia nacional de Morena. No estamos hablando de cualquier dependencia. Bienestar administra buena parte de la política social del país: programas masivos, padrones, registros de beneficiarios, rutas territoriales, delegaciones, servidores públicos, módulos y una relación cotidiana con millones de personas que reciben apoyos del Estado.
Ese es el punto. No se trata de decir que alguien cometió un delito. Se trata de señalar un problema político, ético e institucional enorme. La misma persona que viene de manejar la estructura social del gobierno llega a dirigir al partido que necesitará movilización, votos, operación territorial y control político en la siguiente elección. Aunque formalmente haya dejado el cargo, queda la memoria operativa, el conocimiento de las rutas, los enlaces, los mapas territoriales, los operadores y la lógica de los programas.
Antes el poder también abusaba, claro. Nadie va a venir aquí a romantizar al PRI como si hubiera sido una congregación de monjas. Pero incluso el viejo PRI entendía algo que Morena parece haber perdido por completo: el poder debía guardar ciertas formas. Había cinismo, sí, pero también había pudor institucional. Había operación, sí, pero también existía cierta conciencia de que el abuso demasiado visible terminaba desgastando al propio sistema.
Hoy ya ni eso.
Lo que antes se hacía con cuidado, hoy se presume como eficacia política. Lo que antes habría generado incomodidad, hoy se presenta como continuidad del movimiento. Y lo que antes obligaba a poner distancia entre gobierno y partido, hoy se mezcla sin mayor vergüenza. Esa es la parte más delicada: el oficialismo ya no siente necesidad de separar la política social del interés electoral.
Los padrones y registros de beneficiarios existen para planear, evaluar y transparentar políticas públicas, no para convertirse, directa o indirectamente, en ventaja partidista. Esa información pertenece al Estado, no al partido en el poder. Su manejo exige controles, distancia institucional y cuidado democrático.
Y aunque la ley prohíbe el uso electoral de programas sociales, el problema no siempre está en la orden explícita.
Muchas veces está en la insinuación, en la llamada, en el mensaje, en la visita, en el operador que sabe quién recibe qué, en el adulto mayor que teme perder su apoyo, en la mujer que no distingue si le habla el Estado o le habla el partido.
Por eso el uso electoral de programas sociales es tan delicado: porque puede generar presión indebida sobre la ciudadanía.
Ahí está el riesgo: una posición doble, primero institucional y después partidista, puede convertirse en una herramienta de presión política fina. No necesariamente burda. No necesariamente con amenazas abiertas. A veces basta con recordarle a la gente quién le entrega el apoyo, quién le lleva la tarjeta, quién le toca la puerta, quién organiza el módulo y quién representa al “movimiento”.
México ya conoció ese país. Lo grave es que Morena llegó prometiendo superarlo y terminó perfeccionándolo.
Porque una cosa es que un partido tenga base social, estructura territorial y militancia organizada. Otra muy distinta es que la frontera entre beneficiario, ciudadano, elector y clientela se vuelva cada vez más borrosa. Cuando el partido en el poder coloca al frente de su dirigencia a quien viene de operar la política social nacional, el mensaje no es de renovación democrática. Es de concentración.
Extraño algo del viejo decoro. No porque antes el poder fuera limpio, sino porque todavía parecía entender que debía ponerse algún freno a sí mismo. Hoy, en cambio, el poder se mira al espejo, se aplaude, se absuelve y se entrega todas las llaves: las del gobierno, las del partido, las del territorio y las de la próxima elección.

