Hace más de veinte años, uno de mis tíos me presentó, en el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara, al licenciado Raúl Padilla López. Yo no podía imaginar entonces que, muchos años después, la vida me llevaría a acompañar un momento particularmente simbólico: la graduación de la primera generación apadrinada por su hijo, el doctor Raúl Padilla Padilla, de la Preparatoria 17 de nuestra Universidad de Guadalajara.
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Hay encuentros que parecen casuales cuando ocurren y que sólo con los años adquieren sentido. Para quienes hemos crecido cerca de la Universidad, ésta nunca ha sido únicamente un conjunto de aulas y edificios. Es memoria, identidad, pertenencia y, sobre todo, una enorme posibilidad de transformación social.
Eso fue precisamente lo que se respiró durante la graduación de la generación 2023-B / 2026-A de la Preparatoria 17.
La ceremonia tuvo el tono que deben tener los buenos actos universitarios: solemnidad sin rigidez, orgullo sin alardes y, principalmente, la emoción legítima de cientos de jóvenes y sus familias que ven culminar una etapa importante de sus vidas.
El director, doctor Álvaro Jiménez Gómez, recordó además algo fundamental: las instituciones no aparecen por generación espontánea.
La Preparatoria 17 tiene una historia construida a partir de esfuerzos colectivos, visión educativa y compromiso con una zona de Jalisco que necesitaba oportunidades para sus jóvenes.
De aquel plantel que abrió sus puertas en 2010 con unos cuantos cientos de estudiantes, hoy surge una comunidad consolidada, con miles de egresados y con reconocimientos que hablan de un trabajo sostenido.
La reciente certificación internacional ISO en calidad educativa es parte de ese proceso, pero quizá el resultado más importante estaba sentado frente al presidium: 540 jóvenes cerrando una etapa de su formación y comenzando otra.
Los discursos de los propios estudiantes fueron, para mí, una de las partes más valiosas de la ceremonia. Porque una Universidad cumple verdaderamente su función cuando enseña a sus jóvenes no solamente a repetir conocimientos, sino a pensar, cuestionar y encontrar su propia voz.
Hubo también una reflexión particularmente pertinente sobre el mundo que les toca enfrentar.Esta generación vivió una pandemia durante su formación y ahora comienza su vida adulta en medio de una transformación tecnológica acelerada por la inteligencia artificial.
Nunca había existido tanto conocimiento disponible de manera tan inmediata.Y precisamente por eso la pregunta empieza a cambiar.
Ya no basta con preguntarnos cuánto sabemos, cuántos títulos acumulamos o qué herramientas dominamos. En una época en la que una máquina puede procesar cantidades enormes de información en segundos, vuelve a adquirir enorme importancia aquello que ninguna tecnología puede sustituir fácilmente: el carácter, la ética, la sensibilidad, la capacidad de comprender al otro y la voluntad de servir.
Por eso me pareció especialmente acertada una de las ideas expresadas durante la ceremonia: antes que obsesionarnos únicamente con qué queremos hacer, quizá deberíamos preguntarnos quiénes queremos ser, como bien dijo el doctor Raúl Padilla.
Es una pregunta antigua y, al mismo tiempo, profundamente contemporánea. La Universidad de Guadalajara ha sobrevivido generaciones, transformaciones políticas, crisis y revoluciones tecnológicas porque su verdadera fortaleza nunca ha estado solamente en sus edificios. Está en las personas que pasan por sus aulas y después llevan consigo una determinada manera de mirar al mundo.
Al ver a esta nueva generación pensé inevitablemente en aquel encuentro de hace más de veinte años en el Paraninfo.
La vida tiene estas maneras curiosas de cerrar círculos y abrir otros.Hoy otros jóvenes comienzan su propio camino.Y quizá dentro de veinte o treinta años alguno de ellos recordará esta ceremonia y descubrirá que aquel día, sin saberlo todavía, comenzó una historia mucho más grande.
