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La inestabilidad mundial, no solo es guerras, mercados, gobiernos…

inestabilidad mundial
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La inestabilidad mundial no es solamente un problema de guerras, mercados, fronteras o gobiernos. Es, antes que nada, una crisis de sentido. El mundo no se desordena únicamente cuando fallan sus instituciones; se desordena cuando las sociedades dejan de creer en los relatos que las mantenían juntas y todavía no encuentran otros suficientemente fuertes para sustituirlos.

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Por eso la frase de Antonio Gramsci vuelve una y otra vez en tiempos como estos. El viejo mundo se está muriendo y el nuevo no termina de nacer. En ese intermedio aparecen lo que él llamó “fenómenos morbosos”. No es una imagen menor: cuando una época entra en transición, no produce automáticamente claridad; produce fiebre. Produce miedo, radicalismo, violencia, nostalgia, líderes furiosos y sociedades cansadas. La historia no avanza como línea recta; muchas veces avanza como enfermedad.

Thomas Hobbes entendió algo duro sobre la condición humana: cuando se rompe el pacto mínimo de convivencia, la vida puede volverse “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”. Hobbes pensaba desde el miedo al caos. Y quizá por eso sigue siendo actual. Porque buena parte de la inestabilidad contemporánea nace de una pregunta elemental: ¿quién garantiza el orden cuando el orden ya no convence?

Durante décadas se creyó que la globalización, el comercio, la tecnología y los organismos internacionales bastarían para contener los viejos demonios. Pero el siglo XXI ha mostrado que la modernidad no eliminó el miedo: lo sofisticó.

Zygmunt Bauman lo vio con claridad al hablar de la modernidad líquida: “el cambio es la única permanencia, y la incertidumbre la única certeza”.

Hoy casi todo se mueve, pero no todo avanza. Cambian los gobiernos, las alianzas, las monedas, las fronteras simbólicas, las formas de comunicarnos y hasta la idea de verdad. Lo que no siempre cambia es la fragilidad humana frente al miedo.

También Ortega y Gasset ayuda a leer este momento con una frase conocida: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Ningún país se salva solo de su circunstancia. Ningún liderazgo puede aislarse de su época.

Ninguna sociedad puede fingir que el desorden global no terminará tocando su economía, su seguridad, su conversación pública o su vida cotidiana. La política que no entiende su circunstancia termina administrando ruinas con discursos viejos.

La inestabilidad mundial debe leerse entonces como una crisis política, sí, pero también como una crisis filosófica. Se rompió la confianza en la promesa de progreso automático. Se debilitó la autoridad moral de muchas instituciones. La tecnología aceleró la conversación, pero no necesariamente la volvió más sabia. La política aprendió a provocar emociones, pero olvidó construir horizonte.

Quizá por eso Kant sigue siendo útil cuando advertía que de la madera torcida de la humanidad no puede salir nada completamente recto. El mundo siempre tendrá contradicciones porque el ser humano las tiene. La pregunta no es cómo construir un mundo perfecto, sino cómo evitar que la imperfección se convierta en barbarie.

La inestabilidad actual no anuncia necesariamente el fin del mundo. Pero sí anuncia el fin de una comodidad: la de creer que el orden se sostiene solo. Ninguna civilización se mantiene únicamente por inercia. Se mantiene por pactos, por memoria, por instituciones, por límites y por una idea compartida de futuro.

Cuando eso falta, la historia no se detiene.


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por Violeta Moreno Haro

Lic. en administración de empresas UP campus GDL. Maestra en Gestión Pública CUCEA CONACYT. Maestria Historia del Pensamiento UP Campus Mixcoac Más de 25 años en el servicio público y en el análisis político en distintos medios en Jalisco y nacionales.

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