Si Morena aspira a dar el siguiente paso en Jalisco, la discusión de fondo no debería girar en torno a quién genera más ruido momentáneo, sino a quién puede ampliar el perímetro social del proyecto
“La política es para el que le entiende, no para el que le gusta”, decía un gran amigo, Félix Flores. No es una frase menor. Es, en realidad, una definición de poder. Gobernar nunca ha sido un concurso de entusiasmo ni un ejercicio de popularidad instantánea, es un acto de comprensión profunda del tiempo que se habita y del territorio que se pretende conducir.
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En Jalisco convendría recordarlo con calma, sobre todo porque hay momentos en los que la política local parece confundirse con una suma de voluntades antes que con una lectura estratégica del estado. Hay liderazgos que, a fuerza de repetir fórmulas conocidas, terminan revelando algo más delicado que un error táctico, una dificultad para leer la realidad.
Hay que reconocerles la terquedad, sin duda, pero la terquedad sin dirección rara vez produce victorias duraderas. Hay maderas que, simplemente, no agarran barniz. Se está reforzando la estrategia del partido
con miras a lo que viene, pero ahí viene lo fino la lectura es poner candidatos que sumen al partido no que le resten.
Si Morena quiere avanzar de verdad en Jalisco, el siguiente paso no pasa por la estridencia ni por la aceleración, pasa por la inteligencia política. La inercia nacional es un activo importante, pero ningún estado con identidad fuerte se gana por transferencia automática de marca.
Jalisco no es territorio para la improvisación ni para los experimentos de corto plazo, es un estado que suele inclinarse por proyectos que transmiten viabilidad antes que fervor.
Los números ayudan a ordenar cualquier discusión seria. En procesos recientes, la marca Morena se ha movido alrededor de un 28 a 32 por ciento de la lista nominal. Es un piso electoral significativo, incluso envidiable para muchas fuerzas políticas, pero también puede convertirse en un techo si no se entiende que toda etapa de consolidación exige expansión.
Dicho sin rodeos, Morena necesita un actor o una actriz capaz de sumarle al menos de 12 a 15 puntos al partido, no restarle a la base que ya tiene. La aritmética del poder no admite romanticismos, los proyectos que sustituyen en lugar de agregar suelen entrar en espirales de fragmentación silenciosa.
Pero hay una condición todavía más determinante para un estado como este, ese perfil debe tener arraigo real. No basta la visibilidad ni la conversación coyuntural.
Jalisco es una sociedad que distingue con rapidez entre la presencia construida y la presencia improvisada. El arraigo no es una credencial simbólica, es una forma de legitimidad anticipada. Quien lo posee llega con un umbral de confianza, quien no, tiene que construirlo en medio de la disputa.
Las democracias contemporáneas han ido entendiendo algo elemental, las mayorías modernas no nacen de la pureza partidista, nacen de la capacidad de articular coaliciones sociales amplias. Los partidos que aspiran a gobernar territorios complejos suelen abrir espacio a perfiles que no necesariamente provienen de su militancia, pero que sí expanden su perímetro de confianza. No es una concesión ideológica, es madurez estratégica.
Morena Jalisco enfrenta una paradoja interesante, posee una base dura respetable, pero todavía batalla para convertirse en mayoría social. Gobernar aquí implica dialogar con clases medias consolidadas, con sectores productivos exigentes, con comunidades universitarias influyentes y con una ciudadanía que
históricamente ha ejercido el contrapeso como hábito democrático. Entender esa complejidad no diluye un proyecto político, lo vuelve gobernable antes de ganar.
El primer desafío es la lectura territorial. Jalisco no ha votado nunca desde una sola emoción colectiva. Aquí conviven dinamismo económico, orgullo regional y una ciudadanía cada vez más informada. Quien no entienda ese entramado corre el riesgo de hablarle únicamente a los convencidos. Y ningún partido construye mayoría hablándose a sí mismo.
El segundo es la profesionalización del poder. Aspirar a gobernar exige cuadros capaces de construir acuerdos amplios, no solo afinidades internas. Cuando un proyecto se percibe cerrado, envía una señal silenciosa que el electorado suele captar con rapidez.
La política democrática no consiste en tratar a los demás como empleados ni como compañeros de fiesta para rumbear; consiste en atraer talento, incluso cuando ese talento no comparte origen partidista.
El tercero es el tono. Las sociedades han cambiado y el electorado se ha sofisticado. La soberbia se castiga con velocidad; la eficacia tranquila se recompensa con confianza. En estados con alta participación cívica, la serenidad estratégica suele ser más rentable que la confrontación permanente.
Por eso, si Morena aspira a dar el siguiente paso en Jalisco, la discusión de fondo no debería girar en torno a quién genera más ruido momentáneo, sino a quién puede ampliar el perímetro social del proyecto sin erosionar su base original. Crecer políticamente es, ante todo, un ejercicio de equilibrio.
Existen hombres y mujeres, por aquello de la equidad democrática, con la capacidad de encarnar ese perfil. La pregunta relevante no es si están, sino si se reconocerá a tiempo que las etapas de expansión exigen decisiones menos emocionales y más estructurales.
La política, no es para el que solo la disfruta, es para el que sabe exactamente qué hacer con ella. Y en un estado como Jalisco, entender eso no es una ventaja estratégica. Es la condición mínima para aspirar a gobernar. Jalisco no se toma con porra ni con soberbia, se toma con lectura y con oficio.
Si Morena insiste en confundir disciplina con obediencia y estructura con aplauso, seguirá estacionado
donde está. Los números no se conmueven, solo cambian cuando cambian las decisiones.
